1
En la noche risueña del destierro, libre
ya de la ley y del instinto, un charco de agua clara
me detuvo. Mojo el dedo cordial
trazando un círculo y su humedad al paladar le encasca.
2
Llora, porque toda mirada entraña
error.
Mas los andrajos, horca, palio y cruz no morián por este llanto. Mejor, fulgir
a solas y rezar en balde. ¿Como el topo? Así; dueño de la penumbra y de su
asfixia.
Hablando por hablar. A ciegas. Ojo del corazón, quema el paisaje.
3
Persistente, la rosa. Esclavos somos de raíz. Rosa
hedionda, zozobra y
estupor de la mordaz melancolía.
A la fosa nasal llama la Historia con sus inciensos categóricos. Corre el
verso al runrrún del sacrificio, de mar a mar y seductor.
¡Musa servil! Sobre tu altar, un huracán de esperma.
4
El sordo dios: la carcajada inmóvil.
Murmullo de otra luz será tu fe. Aléjate de la espresión forzada o del silencio
amilanado. Oye tan sólo la armonía neutra de lo indeciso e indomable. Deja abierta la
puerta más sumisa.
Esa ignorancia zumbará en tu oreja. Fraternalmente.
5
Si la mano va y pierde la cabeza y, en un
doble ademán de supresión,
rompe la flecha y borra el blanco, ciérrase luego sobre el gran reloj, sangra y se
ofrece al vilipendio abyecto, nada esperes que iguale esta pasión, Teoría.
A todo lo dás diles que bueno.
¡Oh niebla del estado más sereno,
furia infernal, serpiente mal nacida!
¡Oh ponzoñosa víbora escondida
de verde prado en oloroso seno!
¡Oh, entre el néctar de Amor mortal veneno,
que en vaso de cristal quitas la vida!
¡Oh, espada sobre mí de un pelo asida,
de la amorosa espuela duro freno!
¡Oh celo, del favor verdugo eterno!,
vuélvete al lugar triste donde estabas,
o al reino (si allá cabes) del espanto;
mas no cabrás allá, que pues ha tanto
que comes de ti mesmo y no te acabas,
mayor debes de ser que el mismo infierno.
A la sombra que ofrece
Un gran peñón tajado,
Por cuyo pie corría
Un arroyuelo manso,
Se formaba en estío
Un delicioso prado.
Los árboles silvestres
Aquí y allí plantados,
El suelo siempre verde,
De mil flores sembrado,
Más agradable hacían
El lugar solitario.
Contento en él pasaba
La siesta, recostado .
Debajo de una encina,
Con el albogue, Bato.
Al son de sus tonadas,
Los pastores cercanos,
Sin olvidar algunos
La guarda del ganado,
Descendían ligeros
Desde la sierra al llano.
Las honestas zagalas,
Según iban llegando,
Bailaban lindamente,
Asidas de las manos,
En tomo de la encina
Donde tocaba Bato.
De las espesas ramas
Se veía colgando
Una guirnalda bella
De rosas y amaranto.
La fiesta presidía
Un mayoral anciano;
Y ya que el regocijo
Bastó para descanso,
Antes que se volviesen
Alegres al rebaño,
El viejo presidente
Con su corvo cayado
Alcanzó la guimalda
Que pendía del árbol,
Y coronó con ella
Los cabellos dorados
De la gentil zagala
Que con sencillo agrado
Supo ganar a todas
En modestia y recato.
Si la virtud premiaran
Así los cortesanos,
Yo sé que no huiría
Desde la corte al campo.
Te lo escribo en voz baja desde un 5 de junio.
Cuando baje la espuma (porque siempre
desciende).
Enciérrate este ahora en el recuerdo,
no señales el día.
Para olvidar no hay fechas.
Escríbele postales al entonces.
En alguna ventana
se quedará tu mano alcanzándome estrellas.
No sé por qué me afano en cosas del futuro
cuando puedo mirarte y saber de tus ojos.
Qué cerca por tus sienes al latir de tu sangre,
al instante infinito que perdura en el beso.
Quisiera preguntarle a todas las semanas
dónde estabas oculto sin domingos ni lunes,
mientras yo caminaba ya por sueños de ahora.
A veces cambia todo al volver una esquina.
Levantaré la copa mirando hacia la tarde.
Te quedará mi gesto bajo la luz tranquila
con músicas lejanas y renovadas lunas.
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