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30. de sobre la excelencia de la castidad
Ibn Hazm de Córdoba
Abandonó sus devaneos y placeres;
casto fue en sus amores y en sus fiestas.
Ya no es su pío beber vino,
ni anda tras de desflorar jóvenes gacelas.
Ya era tiempo de que el corazón despertara
y se desprendiera de los velos que lo cubrían.
De cuando yo sabía que le gustaba le apartó
el miedo del día por el que se afligen los espíritus.
Esfuérzate, alma, remángate, deja
de seguir la pasión, con sus locuras;
corre a salvarte, trabaja
afanosa por librarte de sus infortunios.
Tal vez así yo alcance la victoria
y me libre de su estrechez y de su llama.
¡Oh jugador a quien el sino trata en serio!
¡No temes acaso los filos de sus desgracias?
Entre las exhortaciones recibidas deben bastarte
las maravillas que te ha mostrado el Destino.
Deja una casa cuyo bienestar se acaba
y una ganancia que juega con su ganador.
Nadie se batió en su recinto
en quien ella no mellara su espada.
El que conoce a Dios como es debido
forma buenos propósitos y se aposenta su corazón en el temor de Dios.
El que tiene un reino efímero no es como el que lo tiene eterno;
el que tiene verdadero temor de Dios no es como el que lo adultera;
no es el hombre piadoso como el depravado;
el lenguaje sincero no es como el embuste.
Aunque nos halláramos a salvo del castigo divino,
y no temiéramos la ira espantosa de Dios,
ni nos aterrorizara su infierno, creado
para todo el que peca y falta con su palabra,
todavía tendríamos el forzoso deber de obedecerle,
de desechar las embajadas de la pasión,
de renunciar sinceramente a una vida que no es eterna
y de tachar de necio a quien espera que lo sea.
Vemos que la Suerte obra con los suyos
com0 hace la llama en los leños de que nace.
¡A cuántos que fatigan su alma por buscar a Dios
hallan descanso en su noble fatiga!
¡A cuántos, en cambio, que buscan con empeño la flor del mundo
les estorba la muerte en su búsqueda!
¡A cuántos que alcanzan con alegría lo que anhelan
les viene por causa de ello lo que temen!
¡Cuántos corren ansiosos tras de su deseo
y en verdad sólo corren tras de su ruina!
El hombre que estás viendo como un rey excelso
caerá de pronto derribado de su alta dignidad,
como las espigas que tritura el pie
cuando gallardas crecían sobre sus cañas.
¡Cuántos desgarran su alma de pena y angustia
en pos de una felicidad que se esfuerza en huirlos!
¿No hay en esto una maravillosa admonición
que anima al hombre entendido en el proceder que lo adorna?
¿Cómo no, si además el infierno se abre a los pies
del malvado que se aparta del derecho camino,
y el Día de la Cuenta Dios lo avergonzará
declarando lo que encierran sus equívocas mañas ?
Aquel a quien Dios otorga Su misericordia,
unida a Sus beneficios sin número,
y que neciamente la rechaza
por ir en pos de lo que Dios veda en sus Libros,
¿no es, entre los siervos, el más merecedor de que mañana
caiga en la desgracia y en la ira divina ?
¡Gracias sean dadas al Señor, cuyo amable poder
está tan cerca de nosotros «como vuestra vena yugular»
El que sustenta a todos los hombres
tanto extranjeros como árabes!
¡Loado sea Dios por Su favor
y porque coarta las vicisitudes del Sino!
El ha puesto a nuestro servicio tierra y cielos,
y el agua y las estrellas que hay en el espacio.
¡Escucha, y deja a un lado al que desobedece a Dios!
No carga la leña sino quien la recoge.

Dije también :
El mundo, cuyos préstamos han de devolverse, te ha prestado
una vida muelle, cuyo verdor ha de mustiarse.
¿Podrá el hombre de juicio firme desear la vida
estando para recibir la visita de la muerte impensada?
¿Cómo han de deleitarse los ojos en el sueño de un instante
tras el largo escarmiento de lo que han visto?
¿Cómo ha de holgarse el alma en una mansión de tránsito
si está cierta que en ella no ha de afincar,
y cómo consagrará a la tierra ni un solo pensamiento
sin saber donde irá a parar luego que muera?
Su esfuerzo para salvarse, ¿no la ocupará enteramente?
Su temor al castigo, ¿no le servirá de freno?
Bien engañadas andan las almas a las que un placer fugaz
lleva al fuego del infierno, cuyo ardor no se extingue,
y es que hay algo que las arrea, insta y apura
para llegar a un lugar que no es su destino.
Son llamadas a una cosa, y por otra suspiran;
siguen una senda cuando su paradero es otro.
¿Cómo es que corren hacia aquello que les daña
si están ciertas de que irán a parar al tormento?
Dan de lado el deber, y se entregan a niñerías;
su desatino y su poco seso las hacen desgraciadas.
Se acogen a lo que ha de afligirlas
y huyen de lo que pudiera salvarlas.
Dejan al Señor, que las llama al buen camino,
y van en pos del mundo, que pugna por escapar.
Date prisa, iluso, en volver sobre tus pasos,
pues tiene Dios una casa en que no se apaga el fuego.
No elijas lo caduco en vez de lo perdurable,
pues en la elección se conocen los buenos entendimientos.
¿Sabes acaso que está la Verdad en lo que dejas,
que andas por trochas a toda luz erradas
y que abandonas neciamente los blancos senderos
por otros oscuros en que los tropezones lastiman el pie?
Te gozas en un placer que ha de parar en arrepentimiento,
y que se ha de acabar sin que acaben sus consecuencias,
porque las delicias y alegrías todas se disipan,
pero los efectos y la vergüenza del pecado perduran.
¿Estás despierto, iluso ? Ya se hace claro
el misterio que ocultaba los cataclismos.
Date prisa en complacer a tu Señor, y evita
cuanto ha vedado, que bien diáfano relumbra.
El tiempo pasa en serio, mientras tú juegas
y te seduce un mundo, cuyas insinuaciones te son nocivas.
¡A cuántas gentes engañó el Tiempo antes que a nosotros,
y ahí tienes delante sus moradas ruinosas!
Medita en lo que cayó, y con ello escarmienta,
porque la experiencia aguza los entendimientos.
Sus baluartes apartaban de sí a todo codicioso soberbio,
y su victoria sobre los enemigos parecía segura;
pero volvieron al vientre de la tierra y se desparramaron,
porque eran un préstamo que retornó a su Dueño.
¡Cuántos dormitan sin cuidarse de la muerte,
que se remanga, como suele, para llegar de prisa!
¡Cuántas iniquidades cometen los poderosos,
mientras la venganza alza las manos ante el Señor del Trono!
Te ves lleno de afán cuando corres en pos del mundo,
a pesar de que su falsía te aparece manifiesta,
y, en cambio, la flojedad te hace desmayar en la obediencia del Misericordioso,
y das muestras de una tranquilidad que no tiene disculpa.
Miras de evitarte tristezas, que se acaban y consumen,
mientras te olvidas de aquello que es tu deber evitar.
Ya me parece ver, clara y patente, tu angustia
cuando caiga sobre ti el Destino ineludible.
Dirá entonces el hombre: «-¡Quién me diera los tiempos
que pasaron, cuando estaba en mi mano elegir!»
Estáte atento al día cuya venida es inminente;
el día terrible en que la agonía asaltará al alma;
el día en que te dejarán solo todos tus cómplices;
el día en que todas las esperanzas se vendrán abajo;
el día en que te pondrán en una morada oscura y angosta,
sobre la cual sólo el polvo ceniciento aparecerá ante los ojos.
Luego te llamarán, sin que, en tu soledad, sepas quién te llama,
pues ya habrá caído el velo de la faz de la vida;
te llamarán, sí, al Día terrible, espantoso;
a la Hora de la Reunión, que bien paladina ha de sonar.
Ese día se congregarán las fieras; se reunirán,
cubriéndonos al diseminarse, las páginas de nuestros hechos;
se engalanará el paraíso, acercándose a los hombres,
y será atizado el fuego del horno de la Gehena.
Quedará plegado el sol que brilla por la mañana;
se empañarán de pronto refulgentes luceros,
porque si una orden excelsa lo ha arreglado todo,
otra orden entonces todo lo desordenará.
Serán removidos los montes, cambiada por otra la tierra,
y las camellas preñadas de diez meses andarán sin dueño.
Habrá que ir a la mansión de incalculables delicias
o a la morada cuyas cadenas jamás se aflojan.
En presencia del Poderoso, al par piadoso y justiciero,
serán contadas las faltas, grandes y pequeñas.
El reo de pecados veniales se arrepentirá el Día del Juicio;
pero los pecados mortales arruinarán allí a quienes los cometieron.
Serán hechos felices los cuerpos y revivirán las almas
de aquellos en que lo secreto y lo público se equilibren,
cuando los rodee el perdón y la gracia de Dios,
que los aposentará en una casa de suntuosidad lícita.
¡Y los depravados los alcanzarán, si en una carrera
pueden igualarse los corceles y los asnos!
Déjanse los mundanos seducir por su mundo,
que pensarías que sólo encierra seres felices;
pero con esta madre del mundo la piedad mejor es desobedecer
y sólo abandonándola se la defiende.
No alcanzó dicha en el mundo sino quien la desprecia,
y sólo en su vecindad y trato se halla la ruina.
Los codiciosos se despeñan en él uno tras otro,
con experiencia manifiesta para el entendimiento del agudo.
Ponte, pues, a salvo de las vicisitudes;
no lo frecuentes para que no te atraiga su abismo,
y mira de no dejarte seducir por sus apariencias,
pues una mente limpia sabe bien lo que valen.
Reyes de la tierra he visto que deseaban el poder
y el placer del ánimo, cuya atracción es tentadora;
pero que luego dejaron el camino que llevaba a sus deseos
para seguir la humildad, de pequeñez absoluta,
buscando de veras la senda del temor de Dios,
que los que anhelan salvarse pueden acortar.
Pues ¿qué es la gloria sino un ideal que sólo puede lograrse
cuando los demás ideales humanos se salven de la ruina?
Y ¿quién gana sino el hombre que pone en Dios su confianza,
contento con poco, que sin todo se pasa, y es de veras modesto?
Los que gobiernan reinos sólo hallan temores y cuidados
que los ponen en apuro y consumen su paciencia:
con nuestros ojos lo vemos, pero nos arrastra
una embriaguez de cuyo vino no nos despejamos.
Repara en Quien construyó la bóveda sobre la tierra;
Quien abarca en Su saber lo habitado y lo desierto;
Quien sustenta con su poder mundo y cuerpos celestes,
sin columnas en que puedan asentarse:
Quien dispuso en su providencia el régimen de la tierra,
con la exacta sucesión de la noche y del día;
Quien hizo brotar en su faz las aguas
de la que se nutren granos y frutos;
Quien juntó los colores en las flores de sus yerbas,
haciendo brillar entre ellas a la rosa y al narciso,
para que unas fueran verdes, de esplendor admirable,
y otras de un rojo que ofusca la vista;
Quien cavó sin fatiga el lecho de los ríos
cuyo caudal brota de las duras peñas;
Quien dispuso que el luciente sol fuera blanco
a la mañana y por la tarde amarillo;
Quien creó las esferas celestes, de dilatado curso,
y las perfeccionó regulando sus giros;
Quien cuando cae sobre el entendimiento una desgracia,
no hay viviente más que Él a quien recurrir.
Todo vemos que exige un Creador,
a cuyo imperio y mandamiento se somete.
Él nos mostró claros los prodigios en sus Profetas,
y les dio poder para hacerlos tras de ser incapaces;
Él hizo hablar palabras de sabiduría a bocas
en que no había claros de dientes ni mellas;
Él sacó una camella de la peña durísima
e hizo al punto oír a las gentes su mugido
para que unos creyesen y fuera infiel otra turba,
a la que Qudār arrastró a la perdición;
Él sin esfuerzo, hendió ante Moisés la mar,
cuyas olas se retiraron, dejando en medio un vacío;
él sacó a Su Amigo del fuego del horno,
sin que lo dañasen su ardor ni su llamear;
Él salvó del Diluvio a Noé, por quien se guió
un pueblo cuya maldad mostró depravación;
Él dio especiales poderes a David y a su hijo,
resolviéndoles lo hacedero y lo arduo,
pues sometió al uno el gigante del país
y enseñó al otro el lenguaje de las aves del cielo;
Él distinguió con el Alcorán al pueblo de Mahoma,
llevando su enseñas hasta los confines del mundo;
Él rajó la luna del cielo para su Enviado, y le favoreció
con milagros verdaderos e irrebatibles;
Él nos liberó de la infidelidad de nuestras opiniones acerca de Él,
que antes giraban en torno a un eje mortal.
¿Cómo, pues, ay de nosotros, no dejamos nuestra necedad
para escapar de un fuego cuyas chispas se derraman?



Lo envió: SFP
01/01/1970 01:01
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Título: 30. de sobre la excelencia de la castidad
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Libro: DESCONOCIDO Ver todos los poemas disponibles de este libro
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