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todos los minutos llevan a este día
David Escobar Galindo
el viejo patriarca,
que todo lo abarca,
se riza la barba de príncipe asirio…
                                                                           
herrera y reissig
El vuelo de las gaviotas -silencioso y perfecto-
Me hizo sentir por vez primera el gozo agudo -casi aroma recóndito-

                                                             
de la inmensidad;
Supe allí que lo inmenso es la categoría interior de cada uno de los minutos,
Antesala de infinitud que puede ser el amor o la muerte,
Graciosas florescencias de este agitado vilo de la sangre.

Y lentamente me fui acercando al mar que sopla día y noche,
Con los ojos oscurecidos por el pulso devorador del más íntimo verde,
Respirando la luz como una esencia histórica, fruto diluido de los actos

                                                         
de amor que a todos nos preceden,
Desde todos los rumbos de la sombra plural, sentida y encarnada,
Que alumbra con su música las soledades de nuestros instintos;
Y esto -dicen los entendidos- es la nostalgia de la generación,
El sabor que desgasta la lengua al entreabrir los ojos mientras llueve

                                                     
sobre los suaves huesos del zodíaco.
Pero no quiero parecer un deudo: la alegría de regresar de un viaje incógnito me produce
un orgasmo
Igual que la conciencia de navegar por época tan llena de semejantes ofendidos;
Placer y dolor en alternancia de sístole y diástole,
Hasta que de tanto pensar el existir se alimenta de sus propias

                                                                                                  
espumas,
Perfecto mar de áspera transparencia.
¿Será visible mi cara entre los alambres de una conversación

                                                                                   
vanamente esperada?

Lo único que puedo afirmar es el origen de mi pulso,
Su desembocadura rigurosa,

Y desde aquí, desde la negación de la nada,
Desde el azogue de las instrucciones,
Pensando de repente en los brazos alzados de una mujer que vuela llameando hacia mi pecho
de piedra sofocada,
Desde aquí se levantan los ojos que iluminan la intimidad del propio ser
                                                                                        
lanzado al mundo
con sólo un par de rígidas tijeras,
como si nadie velara en secreto
y la vida por fin tuviera nombre, y se llamara vena, prisa, luna,

                                                                          
estupor de la blanca saliva,
destino -la palabra que ya no existe en las tesis doctorales-.

Tal es la inmensidad, caer en uno mismo, sin perder los pequeños amores
                                                                              
del vecindario y la confianza,
acotaciones del deber social que va tejiendo con palabras y actos su tela

                                                                                                 
de púrpura,
desfogue sideral de la rutina, más bello que cualquier poema contra

                                                       
la fantasía o el desajuste de los precios;
porque en la gota de sal que estas palabras sueltan para los escuchas

                
hay un síntoma rotundo que es el sabor de lo que historia fue
y pulsa como vida y va en camino de naturaleza,
el saber del minuto que se bebe sus rayos, exactamente como el mar se camina en silencio
oscureciéndose en la iluminación de la paciencia.

Fuego transido que se confunde con la respiración -así es el mar-,
oficio entre cuyas alas se anima alguna forma de esplendor apolíneo, memoria de las
flores multiplicadas por millones bajo mi cabeza;
y si no fuera suficiente, la encarnación de este tiempo es el vuelo sordo de la gaviota,
la decepción de los pergaminos que se consumen al solo nombre
                                                                                  
de un viento marginal;
pacíficamente, los ideólogos copan las salidas, llenan los puestos de
                                                                        
revistas con retratos de líderes,
el mar está en peligro de morir,
“también se muere el mar”,
así concluyen su audiencia apocalíptica la Ciencia y la Poesía,

las organizaciones más influyentes escriben con letras de oro
“Derechos Humanos” en los cartapacios de los  oradores,
ah la cultura de los espejos espejismos,
la lucha personal desde el seno de arena,
saca el aire una mano y se la comen los vilanos -antiguos protagonistas

                                                   
de fábulas para contarse en el alféizar-,
y sólo queda el sonido de mar como estatua animosa del juicio,

ánima cruel en su hamaca sagrada;
ya nada ceja hasta invadirme, nadie,
pero cada quien es mayor que todo lo que pueda vencerle,
encadenarle,

más aún si se trata de este golpe de terminal racionalismo,
sacudida del tiempo que se proclama “edad de transición”, umbral del
 pleno sueño”,
“apertura de todos los espacios humanos”,
¿y dónde sangro
yo, pertinaz minotauro, si el eterno retorno es una
                                                                                                               alegoría de gaviotas?

Así fue como estoy,
así será como viví,
obra que se reencuentra sin descanso,
nudo de los resúmenes corales,
e igual les pasa a los que se detienen a respirar el aire del océano vajo, dominador
oscuro, incestuoso, de todo lo que es aún visible,
hasta aprender el sacrificio de la mariposa que se traga el insecto

                                                                                         
más amargo,
con tal que el pájaro que la devore vomite sin remedio,
inasible pureza,
crucial inmensidad.


"Discurso
secreto" 1974

 


 





 






Lo envió: SFP
01/01/1970 01:01
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Título: todos los minutos llevan a este día
Autor: David Escobar Galindo Ver todos los poemas disponibles de este autor
Libro: DESCONOCIDO Ver todos los poemas disponibles de este libro
Fecha en que fue escrito: -
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