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el vigilante de la nieve:
Antonio Gamoneda
1. El vigilante fue herido por su madre;


Describió con sus manos la forma de la
tristeza y acarició
cabellos que ya no amaba.


Todas las causas se aniquilaban en sus
ojos.


* * *

2. En la ebriedad le rodeaban mujeres,
sombra, policía, viento.


Ponía venas en las urces cárdenas,
vértigo en la pureza; la flor
furiosa de la escarcha era azul en su oído.


Rosas, serpientes y cucharas eran bellas
mientras permanecían
en sus manos.



* * *



3. Era incesante en la pasión vacía. Los
perros olfateaban su pureza
y sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto

entre las sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía
entrar las sombras en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda.



* * *


4. Vigilaba la serenidad adherida
a las sombras, los círculos donde se
depositan flores abrasadas, la inclinación de los sarmientos.

Algunas tardes, su mano incomprensible nos conducía al lugar sin
nombre, a la melancolía de las herramientas abandonadas.


Cada mañana ponía en los arroyos acero y lágrimas y adiestraba a los

pájaros en la canción de la ira: el arroyo claro para la hija
dulcemente imbécil; el agua azul para la mujer sin esperanza, la que

olía a vértigo y a luz, sola en el albañal entre banderas blancas,

fría bajo la sarga y los párpados ya amarillos de amor.

Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateaban su pureza y

sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto entre las

sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía entrar las sombras

en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda


 





 


Aún:


Hubo un
tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.


Ahora siento la pureza de los límites y
mi pasión no existiría
si dijese su nombre.


* * *

Alguien ha entrado en la memoria
blanca, en la inmovilidad
del corazón.

Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura
del error me hace
cerrar los ojos.

Es la ebriedad de la melancolía; como
acercar el rostro a una
rosa enferma, indecisa entre el perfume y la muerte.


* * *


Hablan los manantiales en la noche, hablan
en los imanes
del silencio.


Siento la suavidad de las palabras
olvidadas.


* * *


La obscenidad entró en mis huesos y, más
tarde, aquel aceite
sigiloso, el que prepara el corazón.


Ahora vendrán los días de las grandes
milongas.


* * *


Sábana negra en la misericordia:

Tu lengua en un idioma ensangrentado.


Sábana aún en la sustancia enferma,


la que llora en tu boca y en la mía

y, atravesando dulcemente llagas,

ata mis huesos a tus huesos humanos.


No mueras más en mí, sal de mi lengua.

Dame la mano para entrar en la nieve.


* * *


Amé
todas las pérdidas.


Aún retumba el ruiseñor en el jardín
invisible.



* * *



Recuerdo el frío del amanecer, los círculos
de los insectos sobre las
tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las

ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste

de la sosa cáustica.

Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los

vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz.
Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido.


No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo

una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo

dolor no me concierne.

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.

Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.

Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu

pensamiento es sólo recuerdo de la ira.

Ves la rosas temibles.

Ah caminante, ah confusión de párpados.
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.


Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas

húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad.

Ah la pureza de los cuchillos abandonados.

Amé todas las pérdidas.


Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.


* * *


Roza los líquenes y las osamentas abandonadas al rocío,
después alcanza las habitaciones y entra en las hebras de la sosa
caústica.
Luego viene a tus manos como una lengua luminosa y se desliza
en las grasientas células. Hierve como suavísimas hormigas y tus manos

se inmovilizan en la felicidad.

Cuando el sol vuelve a su cuenco de tristeza
mira tus manos abandonadas por la luz.

 





 


Frío de límites:


A
la penumbra auricular no viene nunca el sonido del
amanecer. Muge el silencio en las ocultas bóvedas y se desliza en tus
membranas. Silban los pájaros y tu pasión es sorda.


Tú no estás ya en tus oídos.


* * *


Va a
amanecer. Hay noche aún sobre tus llagas.


Ya vienen los cuchillos del día. No

te desnudes en la luz, cierra los ojos.


Quédate en tu cama sangrienta.


* * *


Ardes bajo las túnicas carnales.


Ha sido inútil la sutura negra:


no hay agua en ti. todas las fuentes
manan en otra edad


y se enloquece la pureza de la copa
vacía.


* * *

Entra en tu cuerpo y tu cansancio se llena de pétalos.
Laten en
ti bestias felices: música al borde del abismo.

Es la agonía y la serenidad. Aún sientes como un perfume la
existencia.

Este placer sin esperanza, ¿qué significa finalmente en ti?

¿Es que va a cesar también la música?



Lo envió: SFP
01/01/1970 01:01
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Título: el vigilante de la nieve:
Autor: Antonio Gamoneda Ver todos los poemas disponibles de este autor
Libro: DESCONOCIDO Ver todos los poemas disponibles de este libro
Fecha en que fue escrito: -
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